martes, 28 de julio de 2009

Constelaciones
(Jose Maria Rivas Groot)

El Hombre
Amplias constelaciones que fulguráis tan lejos,
mirando hacia la tierra desde la comba altura,
¿por qué vuestras miradas de pálidos reflejos tan llenas de tristeza, tan llenas de dulzura?

Las Constelaciones
¡Oh soñador, escúchanos! ¡Escúchanos, poeta!
Escucha tú, que en noches de oscuridad tranquilanos llamas,
mientras tiemblan con ansiedad secretala súplica en tu labio y el llanto en tu pupila.

Escucha tú, poeta, que en noches estrelladascual bajo augusto templo descubres tu cabeza,y nos imploras, viendo que están nuestras miradastan llenas de dulzura, tan llenas de tristeza.

¿Por qué tan tristes? Oye: nuestro fulgor es tristeporque ha mirado al hombre. Su mente y nuestra lumbrehermanas son. Por siglos de compasión, existeen astros como en almas la misma pesadumbre.

Por siglos hemos visto la Humanidad erranteluchar, caer, alzarse... y en sus anhelos vanos volver hacia nosotras la vista suplicante,tender hacia nosotras las temblorosas manos

y ansiar en tal desierto, ya lánguida, ya fuerte,oasis donde salten aguas de vida eterna;ya llega, llama -y sale con su ánfora la muertebrindando el agua muda de su glacial cisterna.

Tronos, imperios, razas, vimos trocarse en lodo:vimos volar en polvo babélicas ciudades.Todo lo barre un viento de destrucción, y todoes humo, y sueño, y nada... y todo vanidades.
Es triste ver la lucha del terrenal proscrito;es triste ver el ansia que sin cesar le abrasa;
el ideal anhela, requiere lo infinito,crece, combate, agítase, llora, declina y pasa

Es triste ver al hombre, que lumbre y lodo encierra,mirarnos desde abajo con infinito anhelo;tocada la sandalia con polvo de la tierra,tocada la pupila con resplandor del cielo.
Poeta, no nos llames -conduele tu lamento;poeta, no nos mires- nos duele tu mirada.Tus súplicas, poeta, dispérsanse en el viento;tus ojos, ¡oh poeta! se pierden en la nada.
Con íntima tristeza miramos conmovidas,con íntima dulzura miramos pesarosas,nosotras -las eternas- vuestras caducas vidas,nosotras -las radiantes- vuestras oscuras fosas.

El Hombre
¿Todo es olvido y muerte? Pasan gimiendo a solasel mar con sus olajes, la tierra con sus hombres;¿y al fin en mudas playas deshácense las olas,y al fin en mudo olvido deshácense los nombres?
¿Y nada queda? ¿Y nada hacia lo eterno sube?
Decid, astros presentes a todo sufrimiento:la ola evaporada forma un cendal de nube,¿y el alma agonizante no asciende al firmamento?
¡No, estrellas compasivas! Hay eco a todo canto;al decaer los pétalos, espárcese el perfume;
y como incienso humano que abrasa un fuego santo,al cielo va el espíritu, si el cuerpo se consume.
Vendrá noche de siglos a todo cuanto existe;y expirarán, en medio de hielos y amargura,los últimos dos hombres sobre una roca triste,las últimas dos olas sobre una playa oscura.
Y moriréis ¡oh estrellas! en el postrero día...Mas flotarán espíritus con triunfadoras palmas;y alumbrarán entonces la eternidad sombría,sobre cenizas de astros, constelaciones de almas.
EL FACTOR dIOS
(Jose Saramago)

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.


Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda-de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.
Enivrez-vous
(Charles Baudelaire)

Il faut être toujours ivre, tout est là ; c’est l’unique question.
Pour ne pas sentir l’horrible fardeau du temps qui brise
vos épaules et vous penche vers la terre,
il faut vous enivrer sans trêve.

Mais de quoi? De vin, de poésie, ou de vertu à votre guise, mais enivrez-vous!!!

Et si quelquefois, sur les marches d’un palais,
sur l’herbe verte d’un fossé, vous vous réveillez,
l’ivresse déjà diminuée ou disparue, demandez au vent, à la vague, à l’étoile, à l’oiseau, à l’horloge;
à tout ce qui fuit, à tout ce qui gémit, à tout ce qui roule, à tout ce qui chante,
à tout ce qui parle, demandez quelle heure il est.
Et le vent, la vague, l’étoile, l’oiseau, l’horloge,
vous répondront, il est l’heure de s’enivrer;
pour ne pas être les esclaves martyrisés du temps,
enivrez-vous, enivrez-vous sans cesse de vin, de poésie,
de vertu, à votre guise.

*Hay que estar siempre ebrio. Nada más;
esta es toda la cuestión.
Para no sentir el peso horrible del tiempo,
que os quiebra la espalda y os inclina hacia el suelo,
tenéis que embriagaros sin parar.
¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos.
Y si alguna vez, en las escaleras de un palacio,
en la verde hierba de una zanja,
en la soledad sombría de vuestro cuarto, os despertáis, porque ha disminuido o ha desaparecido vuestra embriaguez,
preguntad al viento, a las olas, a las estrellas, a los pájaros, al reloj,
a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que gira, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle qué hora es;
y el viento, las olas, las estrellas, los pájaros, el reloj, os contestarán:
"¡Es la hora de embriagarse!"
Para no ser los esclavos martirizados del tiempo, embriagaos;
embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud, como queráis.
Sobre los hijos
(Kahlil Gibran)

Y una mujer que sostenía un bebé contra su pecho dijo, Háblanos de los Hijos.
Y el contestó: Vuestros hijos no son vuestros hijos.
Ellos son los hijos y las hijas de la Vida que trata de llenarse a si misma
Ellos vienen a través de vosotros pero no de vosotros.
Y aunque ellos están con vosotros no os pertenecen.
Les podeís dar vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podeís dar habitáculo a sus cuerpos pero no a sus almas,
Pues sus almas habitan en la casa del mañana,
la cual no ser puede visitar, ni tan siquiera en los sueños.
Podeís anhelar ser como ellos, pero no lucheís para hacerlos como sois vosotros.
Porque la vida no marcha hacia atrás y no se mueve con el ayer.
Vosotros sois los arcos con los que vuestros hijos, como flechas vivientes son lanzados a la Vida. El Gran Arquero ve la diana en el camino del infinito,
y la dobla con su poder y sus flechas pueden ir rápidas y lejos.
Haced que la forma en que dobleís el arco en vuestra manos sea para alegría.
El también,
además a amar la flecha que vuela,
ama el arco que es estable.